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¿Cómo son los escolares de hoy? ¿Qué tienen en la cabeza? ¿En qué mundo viven? Una historia.

Es duro ser padres de hijos adolescentes. En la medida de lo posible, los más tenaces procuran saber quiénes son los amigos de sus hijos y en qué ambientes se mueven; procuran no rendirse aunque a veces les parezca que han perdido el control; y procuran estar a su lado, apoyándolos con serenidad pero también con autoridad.

Últimamente la edad de los problemas de la adolescencia ha bajado “de golpe”, y cada vez es más difícil para los padres basarse en su propia experiencia para entender el mundo en el que viven los preadolescentes, cuya personalidad y escala de valores se forman en esta edad crucial. El cuadro se podría resumir contando una historia no tan imaginaria.

Últimamente la edad de los problemas de la adolescencia ha bajado “de golpe”, y cada vez es más difícil para los padres basarse en su propia experiencia para entender el mundo en el que viven los preadolescentes, cuya personalidad y escala de valores se forman en esta edad crucial. El cuadro se podría resumir contando una historia no tan imaginaria.

Las vacaciones de Navidad han terminado. Álvaro y Cristina cursan 1º de media y sus padres los observan con orgullo y temor de vuelta al instituto. Sólo han pasado tres meses desde que empezó el curso, pero ya se han formado grupos en la clase y ya se han perfilado las características y las tendencias de cada uno de ellos. Todo parece sereno. En realidad, ya han ocurrido algunos hechos.

Álvaro:

Álvaro ha empezado a sentir la fuerza condicionante del grupo. Para ser aceptado no cuentan las notas, sino las camisetas y los calzoncillos de marca, el descaro con las chicas, decir malas palabras, blasfemar de vez en cuando, estar en posesión de películas pornográficas, tener un poco de malicia y disponer de tabaco en todo momento y cerveza y otras bebidas alcohólicas de vez en cuando.

Todo esto siempre ha formado parte de la adolescencia, al menos en cierta medida, pero ahora existen diferencias fundamentales. La primera es que la sociedad actual refuerza y promueve abiertamente los estilos de vida transgresivos, mientras que antes los reprobaba, al menos de palabra. El límite entre el bien y el mal está más borroso.

La segunda y enorme diferencia es el celular. Álvaro le ha pedido a sus padres que le compren el último modelo y le han dado gusto. Inmediatamente, sus compañeros le han enviado las primeras imágenes pornográficas que ha visto en su vida. El impacto, brutal, lo ha atenuado en parte el recuerdo de la interesante charla sobre “la conquista de la libertad” en el campo de la sexualidad masculina que escuchó en el grupo del que forma parte fuera del instituto. Mientras tanto, sin que nadie le haya explicado qué significa ser autor de una grabación en vídeo, con las ventajas y con los riesgos que conlleva, Álvaro ha aprendido a grabar vídeos con su móvil, a pasarlo a otros móviles, a cargarlo en su computador, a enviárselo a sus amigos a través de internet y a publicarlo en una web. Sus padres no saben hacer nada de esto. Álvaro sólo tiene 12 años. Ésa es la tercera diferencia.

El otro día se resignó a participar en el acoso de un compañero, víctima del grupo. Después de resistirse durante algunos días, éste tuvo que acceder a robar los tapones de los neumáticos de un coche. En los ojos de su compañero, Álvaro vio el miedo de que lo descubrieran, pero también notó su desesperación cuando se dio cuenta de que estaban grabándolo mientras robaba. Su vergüenza ahora era pública, “chantajeable”, infinita.

A veces a Álvaro le gustaría contarles estas cosas a sus padres, hasta ir a confesarse, pero le da vergüenza. Además, los mayores no lo comprenderían; viven en otro mundo. A ellos sólo les interesan los deberes y las notas. Sus experiencias están a años luz de las de él; seguramente le castigarían. En el fondo, todavía lo tratan como a un niño; no se dan cuenta de las cosas que ha hecho ya, de cuántas opciones ha tenido que hacer ya.

Les ha pedido permiso a sus padres para ponerse un pendiente. Le han mirado estupefactos; están convencidos de que quiere ponérselo sólo porque está de moda. En realidad, a él el pendiente le gusta, pero lo que sus padres no sabrán jamás es que ponérselo significaría poder quedarse un poco tranquilo, mimetizarse, poder ocuparse de sus cosas, ser aceptado por el grupo y quitarse por fin la etiqueta de niño bueno.

En clase, Álvaro no para quieto. Acostumbrado como está a la rapidez y a la brevedad de los sms, a cambiar la televisión de canal cada minuto, a pasar del iPod a la play-station, del computador al móvil, algunas clases le resultan insoportablemente lentas, aburridas, insulsas, por lo que se distrae constantemente.

Aun así, hay “buenos” profesores que no se rinden y que consiguen mantener el interés de la clase usando todos sus recursos. Entre éstos, una profesora le mira a los ojos con dulzura y con firmeza, comenta con serenidad incluso las cosas negativas que suceden en el instituto y no lo tiene “fichado”, es más, extrañamente sigue teniendo confianza en él; hasta se lo dice, pero le pide que se comporte en consecuencia. No tiene prisa.

Por suerte, en el día también caben los dibujos animados, la guitarra, el fútbol, los cómics, los videojuegos, las risas.

Cristina:

Cristina es linda, inteligente, simpática, intuitiva. Ya sabe, aunque de manera confusa, cómo considera la sociedad a las chicas. Se lo han hecho entender los concursos para azafatas de la televisión, los videoclips atrevidos de las cantantes de moda, las películas y los artículos de revistas que enseñan en los más mínimos detalles trucos para ser admiradas, para conquistar a los chicos y presumir de ello ante las amigas, y luego dejarlos; y también los que enseñan a besar, a provocar, a tocar a los chicos y a que las toquen, además de dar instrucciones sobre la píldora del día después. Publicidad obsesiva de la mujer-objeto por todas partes.

Ahora, de repente, todo se vuelve real, porque se lo impone su grupo de compañeras y compañeros. Y, por supuesto, el celular también tiene que ver con esto. Cristina recuerda perfectamente la historia de la chica que se suicidó cuando vio en internet la grabación de poses íntimas que había hecho su chico.

A diferencia del pasado, la sexualidad está separada a menudo de los sentimientos: vulgaridad en vez de galanteo y competición en vez de juego. La sociedad les ha robado el pudor porque las quiere así: desnudas, emancipadas y públicas. En contraposición, a Cristina se le pasan a menudo por la mente palabras (¿raras?) como pureza, respeto, belleza, que algunas amigas que no son del instituto han hecho que aprecie. A sus 12 años, Cristina ya sabe tantas cosas…

En clase, los hijos de padres separados ya son más que los de familias unidas y, a veces, algunos compañeros y compañeras llegan por la mañana destrozados por el ambiente de enfrentamiento y amargura que viven en casa. Se llevan a clase el desprecio y la incomprensión entre los sexos que respiran por la calle o en casa y que luego se refleja en las turbulentas relaciones entre chicos y chicas.

En casa, Cristina pasa mucho tiempo hablando con varias amigas a la vez por el móvil y el ordenador o escribiendo su “diario público” (blog) en internet. De vez en cuando su madre siente curiosidad, pero como no sabe manejar el computador, se retira enseguida; ella sólo “da la vara” cuando le trae malas notas. Papá está muy ocupado y se fía de su “niña”. En el fondo, son padres buenos y sensibles, pero cada día aumenta la distancia (y la incomprensión) entre los mundos en que vive la hija (real y virtual) y el mundo (¿viejo?) de los padres.

Por suerte, en el día también caben los sueños, la piscina, los helados, la música, los zapatos y los vestidos.

Álvaro y Cristina:

Cuatro años se han pasado en un santiamén. Han acabado la ESO. Álvaro y Cristina han tenido la satisfacción de aprobarlo todo con buenas notas (gracias, en parte, al interés de sus padres). Mientras tanto, han tenido que hacerse mayores y “sabios” por sí mismos, ya que sus padres se han dado cuenta demasiado tarde de lo que estaba sucediendo. De hecho, cuando han querido ahondar en el tema con los hijos, se han quedado descolocados por sus respuestas. Antonio, su padre, ha zanjado la discusión rápidamente diciendo: «¡Yo tengo la conciencia tranquila!».

A su madre, preocupada porque sale con compañeras que tienen familias destrozadas, Cristina le dice: «Después de todo lo que han pasado, ¡son mucho más maduras de lo que piensan!». Tras un primer momento de desorientación, los padres les han pedido a Álvaro y a Cristina que se traten todos como adultos y que su relación se base en la transparencia, la confianza y el respeto. Los hijos han aceptado.

Ahora están en la enseñanza media. Álvaro y Cristina se han cambiado de colegio. Sus profesores y compañeros también son nuevos para ellos. Una oportunidad para volver a empezar y para presentarse ante los demás de otra manera, basándose en su experiencia anterior.

Una historia imaginaria. Sin duda, los chicos y chicas del tercer milenio también necesitan padres, profesores y grupos que los sepan escuchar y entender, y que les propongan ideales y valores positivos. Luego los hijos harán lo que quieran con su vida, pero por lo menos, el día de mañana contarán con un parámetro interno al que hacer referencia cuando se encuentren ante las opciones de la vida.

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