Bruno Venturini, uno de los primeros compañeros de Chiara Lubich, de paso por Chile y Argentina comparte momentos de su historia y de los inicios del focolar.
La primera reacción, ante el pedido
de una entrevista, fue de sorpresa. “Pero ¿qué puedo contar de mi vida?”. Bruno
Venturini nació el 8 de septiembre de 1926 en la toscana ciudad de Pistoia. Su
padre era ferroviario y su madre, ama de casa. Concluidos sus estudios como
agrimensor, se dedicó a la tasación de propiedades. En diciembre de 1949 fue
invitado a una reunión en su ciudad. Allí estaba un joven, Pasquale Foresi,
oriundo también de Pistoia, quien sería más tarde co-fundador del Movimiento. La
que disertaba era una joven atractiva y de larga trenza, Graziella De Luca.
Hablaba de Dios como el ideal que no muere –era una de las primeras compañeras
de Chiara Lubich–. “En ese primer encuentro no entendí gran cosa. La vida
después de la guerra era muy dura y precaria. No era fácil encontrar trabajo y
poder mantenerse. Graziella siguió viniendo cada tanto y, a través de la revista
La via, que dirigía Igino Giordani, recibíamos todos los meses el comentario de
la Palabra de Vida”, recuerda.
“Jamás me sentí autoridad de nada, en todo caso, mi
tarea era ocuparme de la unidad de grupos y comunidades.”
Poco tiempo después, en febrero de 1950, con motivo
del Año Santo, Bruno viaja a Roma y visita el focolar que entonces estaba en uno
de los barrios populares y periféricos: “Entre esas chicas y toda la comunidad a
su alrededor percibí un modo de vivir muy diferente de lo que yo conocía o podía
pensar”. Para él, fue como un encuentro con las primeras comunidades cristianas,
de las que habla el Libro de los Hechos de los Apóstoles. “Sin embargo –agrega–
poco a poco ese sueño se me fue olvidando y me encontré desilusionado y sin
esperanza”. Bruno cuenta que las palabras de Graziella le parecían entonces
demasiado hermosas para considerarlas verdaderas. El cristianismo no podía ser
sólo poesía, era cuestión de fe y la fe es dura. Pero una vez, mientras ella
hablaba, cruzó por su mente un pensamiento: “¿Y si algo importante pasa a mi
lado y no me doy cuenta?”.
Eran tiempos difíciles para las comunicaciones y el teléfono costaba caro, cuando lo había. De manera que todo pasaba a través de las cartas. Recién a fines de 1950 comenzó un focolar en Florencia, donde Silvana Veronesi estudiaba Medicina, que podía visitarse con frecuencia.
Un día, Bruno sintió que su camino hacia Dios pasaba
por un compromiso radical con el focolar. En dos oportunidades viajó a Roma con
esa intención, pero una premisa inexcusable para poder vivir en el focolar era
tener trabajo, porque la puesta
en común de los sueldos era el único ingreso de la comunidad.
Las oportunidades se vieron frustradas y recién en abril de 1952 pudo ir a vivir
al focolar de Turín, con Vittorio Sabbione, entonces joven abogado y dirigente
político, que años más tarde sería uno de los iniciadores del Movimiento en
América del sur.
Cumplido el servicio militar, que resultó más corto de
lo esperado por su habitual asma, Bruno consiguió trabajo en una empresa
constructora. “Mi vida, con excepción de algunos viajes, siempre transcurrió en
Italia: Roma, Turín, Florencia, Siracusa y largos años en Milán”, dice. En esa
ciudad, centro comercial e industrial del país, Venturini fue responsable del
Movimiento durante años de gran crecimiento y difusión.
En 1978 fue convocado por Chiara Lubich a Roma y ese
mismo año también ordenado sacerdote. ¿Por qué esa opción? “Años antes le había
comentado a Chiara esta inquietud y fui cursando, por etapas, los estudios de
Filosofía y Teología. Tenía la impresión de que la manera más apropiada de vivir
el misterio de Jesús abandonado en la cruz era para mí como víctima-sacerdote;
algo que nunca se me hubiera ocurrido antes”, responde.
“Me tocó sufrir al advertir mis propios límites en las
relaciones con los demás, al no creer que podía superarlos.”
Quienes han tratado a Bruno concuerdan en elogiar su
bajo perfil, su capacidad de escucha, su fraterna amabilidad. Muchos observan
que, habiendo tenido que ejercitar casi siempre roles de autoridad, nunca lo
hizo pesar y siempre preservó la familiaridad del trato: “Jamás me sentí
autoridad de nada, en todo caso, mi tarea era ocuparme de la unidad de
diferentes grupos y comunidades. Traté de vivir siempre con simplicidad las
tareas que me encomendaban. Para mí cuenta primero la relación con las personas
y después las estructuras de todo tipo”.
Lleva muy bien sus 83 años y se retiró hace tiempo de
toda actividad jerárquica (“había cumplido mi tarea y no quería condicionar a
los más jóvenes”) pero sigue siendo una persona de consulta y de consejo.
Acaba de visitar la Argentina y Chile por primera vez,
invitado por la Mariápolis de O’Higgins. Estuvo en Rosario, Paraná, Mendoza,
Buenos Aires y Santiago: “Me llevo la mejor impresión de este viaje, percibí una
gran disposición a la fraternidad. No puedo saber cuánto hay de formal y cuánto
no, pero advierto una natural predisposición a las relaciones humanas. En el
ámbito del Movimiento, me reuní con personas serias, maduras, de calibre
espiritual y humano. De los jóvenes admiro el entusiasmo”.
Venturini acompañó de cerca en muchos momentos
importantes a Chiara Lubich. A menudo, durante años, celebró la misa donde ella
concurría. “Impactaba la simplicidad del trato de Chiara, de su amor por la vida
de familia, la naturalidad con que podía hablar del Cielo y enseguida
pasar a las noticias de la
televisión. Tuve oportunidad de tratarla con la cercanía de lo cotidiano y de
acompañarla toda vez que me consultó. En el Centro de la Obra mis tareas fueron
más consultivas que deliberativas”, dice. Después de su muerte, esa muerte que
“Chiara quiso vivir cercana a todos”, más de una vez Bruno se preguntó: “¿Y
ahora cómo haremos?”. Sin embargo, agrega: “Nunca pude rezar una oración de
difuntos por ella, sólo el Gloria”.
En su vida, como en todas, no faltaron momentos de
dolor: “Me tocó sufrir al advertir mis propios límites en las relaciones con los
demás, al no creer que podía superarlos. Pero lo cierto es que de poco sirven en
este sentido las propias impresiones. Siempre es más sano y constructivo tratar
de seguir adelante y creer en el amor de los demás”.