Experiencia

De Yancarla Aguirre – Caris.

Apuré el paso para llegar puntual a la cita con Don Antonio, autor de un libro biográfico sobre la vida de José, un preso condenado a 30 años de cárcel, después de una larga travesía como niño de la calle.En camino a la prisión de máxima seguridad, Don Antonio me comenta algunos detalles de la vida de José; pone especial énfasis en la falta de humanidad que tienen algunas leyes relacionadas a la rehabilitación de presos en nuestro país.

A medida que nos acercamos a nuestro destino, me repito una y otra vez, que esta entrevista con José, no debe ser más que un simple acto de agradecimiento por haberme permitido difundir sus experiencias entre mis estudiantes de la universidad.

Después de todo, siento que la valentía para compartir su vida tiene más valor que los datos “científicos” que me pueda brindar para enriquecer las investigaciones que actualmente realizamos en mis clases.

Luego de pasar por muchas puertas y revisiones de seguridad encuentro a José en un gran salón, y él con una sonrisa franca me dice: “Licenciada, por fin nos conocemos!”

Me quedo impactada por la luminosidad de su rostro y la profundidad de una mirada contenida en Dios, a quien constantemente nombra a lo largo de nuestra conversación.

En un diálogo abierto me repite insistentemente la frase: “Dios no nos debe nada y a la vez nos da todo”, y continúa durante más de media hora relatándome su vida en la cárcel y los sueños a través de los cuales Dios le habla continuamente. Le muestro algunos de los mensajes de agradecimiento que mis estudiantes han escrito para él. Me escucha en silencio y cuando finaliza mi lectura me agradece por enésima vez.

¿Agradecerme? La agradecida soy yo por tener la posibilidad de entrar en su realidad y valorar el don de la libertad, que tantas veces doy por descontada. Agradecida por  ser testigo del amor de Dios por este “hijo pródigo”, que vuelve a la casa del Padre y que anhela un día ayudar a los niños de la calle para que no sufran su mismo destino.

En un arranque de inspiración, que siento casi divino, le digo a José con certeza absoluta: “Dios te ama inmensamente” y él sonriente me responde: “A usted también la ama inmensamente, licenciada”.

Sellamos nuestra despedida augurándonos lo mejor en nuestras actividades y planes.

El me pide un abrazo antes de partir, y con la mayor naturalidad nos estrechamos fraternalmente. Aún permanece en mí la fuerte sensación de haber presenciado y experimentado el mayor ejemplo de libertad que un hombre pudiera conquistar, precisamente allí, en una prisión de máxima seguridad.

Pienso para mí misma: “El amor nos hace libres, si dejamos que Dios actúe libremente en nuestras vidas”                                                        

  Noviembre 2010