Quiero compartir esta página escrita por una joven empleada de una fábrica que suministraba materiales a la empresa de Ezio Cereghetti, un empresario de la EdC de Lugano, fallecido en junio del 2003. Esta carta la escribió entonces, después de la muerte de Ezio, pero la guardó durante años en su diario. Hace poco decidió enviársela a Tita, la esposa de Ezio ... que quedó muy sorprendida por una coincidencia: la palabra de vida propuesta para vivirla este mes, “amarás al prójimo como a ti mismo”, era la misma frase del evangelio que Chiara le había dado a Ezio(1). Tal vez no consigamos amar siempre, amar a todos, pero al menos debemos tratar de amar a algunos, como hizo Ezio con esta mujer. Luca Crivelli (EdC).
...Buenos días, señorita Calluso, soy Cereghetti, de la empresa Aircond, ¿puedo hablar con el señor Minini? Mientras transfería la comunicación, la mujer pensaba: “¡Qué voz! Cada vez que lo escucho se me llena el corazón de paz y serenidad”. Ezio llamaba a menudo a nuestra empresa e intercambiábamos sólo esas palabras. Hubiera querido decirle algo, intentar escuchar su voz durante un rato largo porque me transmitía calma en medio del estrés Una mañana me preguntó: Había algo especial en esa voz y quise conocerlo. Varias veces le pedí a mi director organizar una reunión en nuestras oficinas, pero nunca se pudo concretar. Entre los colegas que lo conocían personalmente se decía que era una persona buena, otros coincidían en que era muy amable por teléfono. Pero un día llegó a la oficina nuestro director y en voz baja, nos comentó que en la mañana el señor Cereghetti, de la empresa Aircond, había fallecido. Lo primero que pensé fue: “Quién sabe si creía en Dios”. Luego: “Jamás lo podré conocer”. Pensaba en estas cosas tristes mientras observaba a mis colegas. Un silencio pesado había inundado toda la oficina. Algunos miraban por la ventana, otros la pantalla de su computadora, otros el teclado... parecía como si hubiera fallecido uno de nosotros. Entonces, ante esa escena, otra idea cruzó por mi cabeza: “Sí, seguramente el señor Cereghetti creía en Dios. Una persona que casi nadie conoce personalmente y que había dejado una marca tan fuerte, necesariamente tenía que tener a Dios en el corazón”. La pregunta que surgía entonces era: pero ¿quién había sido ese hombre? Fue una mañana negra para todos y el duelo en nuestros corazones duró varios días. Evitamos hablar de él, pero todos seguíamos tristes. En un momento, un compañero me inquirió: “Tu Dios siempre se lleva a los mejores”. Realmente lamentaba mucho no haberlo conocido. Al principio recordaba bien su voz y sus palabras, y me daba consuelo. Una noche, en cambio, mientras regresaba en auto desde el trabajo no logré contener las lágrimas, pues era el primer día que no recordaba más su tono de voz y sabía que así sería en el futuro. El viernes pasado fui a la parroquia de don Carmelo. Llegué un poco antes para hablar de la reunión que tendríamos con los jóvenes. Don Carmelo me mostró una foto y me contó que era de un querido amigo suyo, Ezio Cereghetti, que había fallecido hacía poco. No pensé en el señor que yo conocía porque en nuestra región de la Suiza italiana es un apellido bastante común. Pero cuando don Carmelo comenzó a contarme que se trataba de un focolarino y que hacía poco que había fundado una empresa, entendí que era la misma persona. En ese momento quedé conmovida por dos razones: primero, porque extrañaba su voz; y después, porque a Ezio lo había conocido en oportunidad de un evento para familias organizado por nuestra diócesis. Ese día, con mi novio Erik almorzamos en la misma mesa con Tita, su esposa. Es más: ella insistió en que conociéramos a su marido, Ezio, y nos lo presentó. Sólo que yo no me di cuenta de que era “ese” señor Cereghetti y él no se dio cuenta de que yo era “esa” señorita Calluso. Allí éramos simplemente Ezio y María. El lunes siguiente habíamos vuelto a hablar por teléfono, pero no nos reconocimos, por lo tanto seguimos con la conversación de siempre: Ahora entendía. Sin saberlo, el Señor me había permitido conocerlo.
Querido Ezio, reza por mí, para que yo también logre transmitir a Dios a los demás como lo hiciste tú, con pocas palabras, pero amando al otro como a tí mismo. María Calluso (Suiza)
Notas: Tomado del sitio de Economía de Comunión (EdC). (1) Chiara Lubich, fundadora del Movimiento de los Focolares, acostumbraba a regalar, a quien lo pidiera, una frase del evangelio como propuesta personal de vida. |
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