TESTIMONIO DE VIDA
Una desgracia repentina y un viaje en tren pueden dar lugar a recursos desconocidos. El relato de esta mujer fue recuperado por Eduardo Ortubia y presentado en la edición española de Ciudad nueva.
Guardo mi maleta en el
portaequipajes cuando suena el móvil (celular). Luis me comunica que a su mujer,
Elena, le quedan pocas horas de vida. Aunque de alguna manera lo esperaba, mi
mente se paraliza. El tren se pone en marcha y una voz da la bienvenida a los
viajeros en varios idiomas. Abro un libro, pero estoy tan turbado que no puedo
leer una palabra. Me acuerdo de la agenda en la que anoté algunas frases de
Elena. Frases que ahora me resultan claras, hilvanadas, aunque las pronunciara
en ocasiones distintas.
“La enfermedad me ha transformado. Ante la realidad de
la vida, los valores se invierten. Las cosas insignificantes se vuelven
importantes y las que parecían importantes, de repente me resultan vacías,
innecesarias. He vivido por mi familia porque la familia merece cualquier
sacrificio; es un bien que no se pierde. Ahora veo que queda sólo lo que se ha
pagado con el sacrificio. No tengo miedo de morir”. Y después: “Ya no puedo
rezar. Ni siquiera puedo terminar un Avemaría. Si mi familia no hubiera estado a
mi lado, no habría podido llegar hasta aquí. Les estoy muy agradecida a todos
por todo. ¡Gracias, gracias!”.
En ese “gracias” está el epílogo de toda una vida.
Como la nieve que está cubriendo de blanco el paisaje que veo desde el tren, una
gran paz se apodera del vagón.
Enfrente de mí está sentado un joven. En su remera
lleva la figura del Che Guevara. Es un estudiante porque tiene un cuaderno de
apuntes en el que escribe y un libro en la otra mano. Luego se seca los ojos
rojos. ¿Una duda en un examen, un recuerdo doloroso, una desgracia reciente? No
sé cómo comportarme para que no sienta vergüenza y pueda desahogarse.
Ahora se pone los auriculares, probablemente para
escuchar música de un mp3. Un día, mientras escuchaba un Nocturno de Chopin que
interpretaba la madre de Elena, el pensamiento se orientó hacia mi futuro. Fue
uno de esos momentos proféticos sobre el rumbo que iba a tomar mi vida: empezar
a vivir la eternidad ya en el tiempo. Esa intuición iba a desembocar en la
elección de Dios como prioridad.
“La ciencia de la vida es la experiencia –me dijo
Elena una vez– y es la que se transmite a los hijos, aunque luego cada uno tenga
que tomar sus propias decisiones. Cuántas cosas me decía mi madre de las que
sólo ahora me doy cuenta”.
Observo a los demás pasajeros. Quién sabe en qué
capítulo de su historia personal se encuentra cada uno. El joven de la remera
del Che vuelve a llorar. Está demasiado aislado en su dolor como para
preguntarle qué le pasa. El dolor encierra o construye puentes.
Me han dicho que en estos últimos días Elena hacía un
gran esfuerzo para comer, sólo para que su familia estuviera contenta, aunque
luego lo vomitaba todo. El amor se mide por lo feliz que queremos hacer a los
demás.
De pronto el chico me pregunta si tengo un pañuelo de
papel. Es mi oportunidad. Acaba de enterarse de que su mamá tiene una enfermedad
incurable. “¿Qué sentido tiene la vida, hacer planes, mis estudios de física?
Estamos construyendo un chalet, que era el sueño de mi mamá. Y ahora de repente
una enfermedad lo cambia todo. A mi papá no creo que le afecte mucho. Lo único
que le importa son sus negocios y ganar dinero. Mi mamá no va a poder con esto.
Más de una vez dijo que si tuviera cáncer, se suicidaría”. Y el joven vuelve a
su oscuro silencio.
La vida es un gran misterio. Una desgracia repentina
revela la fragilidad o la fortaleza de las personas. Elena ha demostrado una
fortaleza sorprendente. Tal vez sea porque es madre. O se es madre para siempre
o no se es. No hay madres por temporadas.
El joven me pregunta qué estoy leyendo. Una colección
de ensayos de Flannery O’Connor, una escritora norteamericana que murió joven a
causa de una terrible enfermedad. Una mujer valiente que tal vez por su
enfermedad, supo extraer de su alma perlas preciosas de sabiduría.
El joven no dice nada. Por su manera de mover los ojos
entiendo que en su interior se agita una tormenta de emociones y pensamientos.
“Mi mamá está muy lejos de esa forma de pensar
Ama y odia a sus
padres que, aunque le dieron comodidad, no la prepararon para la vida. Hace
tiempo que mi papá renunció a apoyarla. Vivimos en la misma casa mis padres, mi
hermano y yo, pero estamos solos. Ahora la más sola será ella. Cuando mi papá se
enteró de la gravedad de la enfermedad, no reaccionó”.
Han pasado varias horas. Estamos llegando a destino.
Alberto (así se llama el joven) estudia y vive en un pequeño departamento con
sus padres. Antes de salir de viaje no sabía que lo esperaba una tragedia.
Me resulta inevitable pensar en la familia de Elena,
que ha transmitido a sus hijos los valores de la vida. En comparación, este
joven me parece pobre. Le regalo una naranja y unos bombones. Los acepta como un
niño. ¿Volveremos a vernos?
Ya en mi casa, me recibe un agradable perfume a
jazmín. Hace unas semanas había entrado la maceta para que no se helara. Estas
flores tardías me confirman que es un momento solemne. Al día siguiente, cuando
recibo la noticia de la muerte de Elena, el aroma de jazmín sigue llenando la
casa.