VIDA DE LA PALABRA

El compromiso cristiano de amar sin medida puede transformar el paisaje más cotidiano.

Nunca me atrajeron los ornamentos externos de la religión y no siempre logro digerirlos. Conozco la teoría: “Lo simbólico es algo tangible que nos remite a una realidad intangible”, pero si bien aprendí a reconocer su valor histórico, el arte religioso nunca fue mi favorito.

Paseaba por estas reflexiones mientras miraba los techos de la catedral, adornados con figuras poco originales, imitaciones de la Sixtina de Miguel Ángel, como escenas apocalípticas o el encuentro del hombre con Dios; o algo desconcertantes, como la de un franciscano bautizando a un nativo.

Estatuas de caras lánguidas, combinaciones de colores complementarios, poca luz en lámparas de cristales, con aire afrancesado. Es una iglesia con tres naves bastante amplias que nunca está vacía, lo cual siempre me sorprende porque no es lo que sucede en mi España natal. Veo gente clavada ante imágenes, con gestos desesperados que expresan un “Hazte cargo de mi vida” o algún loco que grita: “¿Dónde estás?”.

Me pierdo en estos pensamientos mientras el anciano sacerdote, con voz tenue, prosigue su homilía monótona. Y me viene al corazón una frase: “Esta es mi Iglesia”. No sé si sentir orgullo o “sacarme la camiseta de un tirón” pero sin dudas, la frase me sorprende, me interpela, me cambia el corazón y la mirada.
Recuerdo de golpe mi compromiso cristiano de amar sin medida. Decido dejar de observar la realidad de lejos y comienzo a escuchar las palabras que monseñor pronuncia con dificultad: descubro su tesón por dar la vida hasta el final.

Cuando la misa termina me acerco a agradecerle por su donación; pronto cumplirá los ochenta. Es un catalán de pura cepa que lleva en la Argentina más de la mitad de su vida y está cerca de celebrar sus bodas de oro sacerdotales. Me cuenta que está enfermo y que se tiene que realizar curaciones muy dolorosas, pero no por ello interrumpe su oficio.

Me siento como una hija, tal vez una nieta, y me nace del corazón ofrecerme a cocinarle su plato favorito. Se le ilumina el rostro. Al poco tiempo, una amiga, para ayudarme a concretar el compromiso, me trae los ingredientes para preparar una buena sopa con verduras, típica del sur de España.

Con ella llego a la casa parroquial, la acogida es fraterna y serena. Han terminado de cenar pero monseñor no quiere dejar de probar algunas cucharadas; se muestra satisfecho. La casa es muy sencilla pero no falta nada. Charlamos de todo, como se hace con los amigos, e incluso cantamos algunas zarzuelas. La alegría es tangible.

Quiere mostrarnos el rincón más preciado de la casa. Abre una puerta y entramos a la capilla menor de la iglesia. Vista a través de sus ojos me parece ahora una obra de arte. Antes de irnos nos da su bendición, con amor de padre. En el corazón algo quema y pienso en los discípulos de Emaús. “Esta es mi Iglesia, mi casa, la escuela donde aprendo a amar, a recomenzar”, me repito, pero esta vez con una chispa de orgullo, con la sorpresa de un descubrimiento, con amor renovado, más profundo. Amor de hija.

Ana Belén (Tucumán)